Desde hace unos 150 años, Antofagasta ha sido receptora de grandes inversiones y megaproyectos bajo control no local. Aunque estos impulsos externos han contribuido poco al desarrollo sustentable de la región, los megaproyectos siguen teniendo un rol clave en las estrategias políticas.
El megaproyecto más ambicioso es el Corredor Biocéanico, cuyo objetivo es vincular nuestra región con el noroeste de Argentina, el Chaco paraguayo y Mato Grosso do Sul en Brasil. Lamentablemente, la iniciativa carece de participación del sector privado, siendo promovida por políticos y académicos. Se ha centrado en el desarrollo de infraestructura portuaria y vial, así como mejoras en los pasos fronterizos, sin contar con una clara estrategia para integrar las empresas de la región y atraer inversores.
El hidrógeno verde también ha generado grandes expectativas, aunque su producción es intensiva en capital, crea poco empleo permanente, excepto durante el corto boom de construcción. Debido a los altos requerimientos tecnológicos y la incertidumbre respecto a la futura demanda, las empresas antofagastinas aún no han demostrado mucho interés en esta industria. Al igual que el Corredor Bioceánico, el hidrógeno verde es una visión de futuro con incierta sustancia en términos de efectos locales.
En nuestra investigación sobre los megaproyectos, hemos observado, además, que las empresas proveedoras de bienes genéricos y servicios de apoyo se concentran en las ciudades de Antofagasta y Calama. Para empresas de Taltal, Tocopilla y otras ciudades medianas, las barreras de entrada son casi insuperables. A estas empresas, les falta el capital para invertir en el equipamiento que necesitarían para cumplir con los altos estándares de las corporaciones no locales, y son, a menudo, demasiado pequeñas para servir como proveedores. A esto, se suman bajas habilidades para identificar oportunidades comerciales y la falta de redes a escala nacional.
Considerando estos desafíos, las estrategias de desarrollo se deberían concentrarse más en los activos locales. En lugar de pensar primero en los megaproyectos para luego intentar vincularlos con las empresas y el mercado laboral de la región, convendría plantear, desde el inicio, cómo las compañías y los profesionales locales se pueden incorporar de una forma ventajosa a la economía global, incluyendo los megaproyectos pero no limitándose a ellos.
Esto es, en nuestra opinión, una tarea para coaliciones locales por el desarrollo, que deberían incluir el sector privado como actor clave, más allá de las autoridades políticas y la sociedad civil. Estas coaliciones tendrían que plantear ideas realistas respecto a la participación en las cadenas productivas nacionales y globales, dejando atrás la queja y el reclamo que con demasiada frecuencia dominan los discursos económicos en la región.