23/09/2001

Gerardo Claps: "Me costó dejar el sacerdocio"

Este hombre, de origen italiano y que vive solo en su departamento, dedica el tiempo a diseñar proyectos viables de arte y patrimonio en la Intendencia, además de viajar constantemente al pasado... a sus días en el convento jesuita junto al Padre Hurtado

 

Por José Ossandón A.

PIMPON

Azul: Cielo y mar

Verde: Campiña

Rojo: Sangre

Amarillo: Camiseta del Colegio San Luis

Desdicha: La muerte

Amor: Entrega

Lucha: Ideal

Valiente: Epoca de dictadura

Piedras: Playa Las Almejas

Cristo: Dios humano

Silencio: Importante en la conversación

Pavor: Desagrado

Deseo: "Me dejó pagando"

Poesía: Expresión plena

Cultura: Humanidad elaborada

Cerros: Mi entorno

Mar: Aventura

Desierto: Sed y riqueza

Tiene la mirada triste. Camina cansado. Su visión va más allá de un letrero de liquidación primaveral, como lo hace el común de los transeúntes del paseo Prat. Se pierde, quizás, en un universo que en algún instante de su vida lo alcanzó, pero que a medida que pasan los años se aleja y diluye como el peor de los tornados. Conversa, eso sí, en tono fuerte y seguro. Sus recuerdos son concretos, como los muros de un convento, y sus convicciones tales que se presentan compactas e impenetrables.

Gerardo Claps Gallo mantiene ese encanto italiano. Ese rictus gracioso que nos provoca la imagen cautivadora de Marcelo Mastroianni y ese ademán insoportable de Jean Paul Belmondo, pues nunca se supo del todo si lo que nos ofrecía era una sonrisa sincera o un repudio a nuestra ignorancia hacia las virtudes noctámbulas del mundo.

Nos sentamos a una mesa. Cortés, llama a una de las chicas que atienden en el café. Don Gerardo pide un jugo de papaya; y yo, un cortado.

- Aquí estamos mejor- le digo.

- Parece que sí- responde.

 

AMOR A LA FAMILIA

¿Cómo fue su infancia, don Gerardo?

- El amor que nos teníamos como familia. Eramos muy unidos y aclanados.

 

Un sello bastante italiano, por lo demás.

- Hasta hoy todavía nos reunimos y lo pasamos bien. Ya no están nuestros padres, pero ahora contamos con sobrinos y sobrinos-nietos maravillosos.

Gerardo Claps Gallo nació en Antofagasta el 1 de septiembre de 1922. Su padre Alfonso Claps Laginesta llegó a Chile cuando tenía 16 años. Provenía de un pueblo de Italia llamado Genzano Di Lucania, ubicado entre Napoli y Bari.

En nuestra ciudad conoció a Inés Gallo Garrone, también de sangre italiana.

 

AMOR A DIOS

Cuando don Gerardo cursaba el segundo año de Medicina en la Universidad Católica de Santiago, decidió ingresar al noviciado de los jesuitas "Marruecos". Fue discípulo de Alberto Hurtado. Con los años se convertiría en uno de sus grandes amigos.

 

¿Cómo surgió ese deseo de dedicarse al sacerdocio?

- Siempre he sido muy creyente y cristiano. Mi amor por Dios es irrestricto. A los 20 años tomé la decisión: estar lo más cercano al Señor y serle útil. Fue difícil para mí, pues en esos años a mí me gustaba harto bailar. ¡Uf! Demasiado (ríe).

 

¿Cómo fue la reacción de sus padres?

- Mi papá abandonaba el negocio (la Casa Claps) y se ponía a llorar entre las rocas y el mar. Le costó mucho superar la noticia. Imagínate que ingresé a estudiar medicina gracias a un bachillerato sorprendente. Fui el mejor puntaje a nivel nacional. Mi primer año en la universidad y cursé todas las asignaturas sin ningún problema; es más, el director de la Escuela de Medicina, quien con los años se convertiría en Premio Nacional de Ciencias, Alberto Luco Valenzuela, me pidió que fuera su alumno ayudante. Tenía un futuro esplendoroso como médico, pero opté por el camino del sacerdocio.

 

JESUITA

¿Cuánto tiempo fue sacerdote jesuita?

- Hasta 1968. A los 46 años abandoné el sacerdocio para luego dedicarme a la docencia e investigación.

 

¿Por qué dejó la compañía?

- Me estás sacando las muelas, oye. (Ríe) Estoy diciendo cosas que hasta hoy nadie sabía. A mí me tocó fundar la Universidad del Norte. Yo era miembro de la Comunidad del Colegio San Luis y me ordenaron hacerme cargo del proyecto universitario. Con los años decidieron hacer uso de mi sueldo de director de la UN para fortalecer al San Luis, pues por esos años dejó de ser particular. A mí la decisión no me pareció. Estaba, entonces, fallando al voto de obediencia, que es la característica principal de la compañía jesuita. Estuve casi cinco años reflexionando sobre el tema. Obedecí, pero no con la convicción exigida por los padres superiores. Así que al final dejé los hábitos. Sufrí mucho. Me costó mucho superarlo.

 

Cuéntenos su relación con Alberto Hurtado.

- La mejor. Era una persona extraordinaria. El logró que yo amara el sacerdocio; el servicio a Dios y a las personas. Comencé siendo su discípulo y terminamos como grandes amigos

 

¿Qué queda de Gerardo Claps jesuita?

- El amor a Dios y mis visitas a la Iglesia.

 

AMOR CARNAL

Claps se radicó por un año en Colombia. Allí dirigió un proyecto de investigación multidisciplinaria en el Centro para el Desarrollo Económico Social de América Latina (DESAL). Regresó a Chile para hacerse cargo de la Comisión Coordinadora para la Zona Norte (Conorte). Su misión, en pocas palabras, era descentralizar Santiago y fortalecer los proyectos en pro de Antofagasta y sus provincias.

En 1973 se trasladó a la capital. Como vicerrector de la Universidad del Norte en Santiago conoció a su ex esposa: Sonia Cano. Periodista. "Nos separamos en 1980. Cuando decidí volver a Antofagasta, ella, por supuestos proyectos suyos dentro de su profesión, no quiso dejar la Región Metropolitana...".

 

¿Tuvo hijos?

- Sí, dos. Gerardo (32 años, ingeniero en acuicultura), que en estos momentos cursa un magíster en Italia; y Claudia (26, licenciada en filosofía), que estudia en la Universidad de Kent, Inglaterra.

 

¿Nietos?

- Ninguno hasta el momento.

 

¿Contacto con su ex esposa?

- No existe.

 

¿Quedó sentido porque no quiso venirse con usted?

- Fue hace tantos años que ni lo recuerdo (ríe).

 

AMOR AL OFICIO

Gerardo Claps es licenciado en Filosofía y Teología. Por muchos años fue vicerrector del Instituto AIEP, sede Antofagasta. En 1998 se retiró por culpa de los zarpazos de la crisis asiática. "Preferí dejar el cargo antes de echar a muchas personas que merecían mis respetos". Hoy es vicepresidente del Consejo Regional de la Cultura y Patrimonio de la Segunda Región y dedica su tiempo a diseñar políticas de acuerdo a su asignatura, y soportar las presiones de un sector de la sociedad que estuvo mucho tiempo sin tener posibilidades de expresar sus sentimientos e ideas y que ahora quiere todo y pronto.

 

¿Cuál es el peor pecado de los antofagastinos?

- Su pasividad. Debido al arrastre de su historia, a la función de una zona meramente extractiva de minerales, la cultura nunca ha tenido un lugar preponderante en Antofagasta.

 

¿Vive con alguien?

- Solo.

 

¿Duele la soledad?

- Siempre.

 

¿A quién extraña más: la vida de casado o sus años con los jesuitas?

- Mis mejores tiempos fueron al lado de mis hermanos jesuitas...

 

Así termina nuestra entrevista. Con su mirada aún perdida en algún lugar del tiempo y con un ligero ademán de melancolía. Pide la cuenta y caminamos hasta su oficina. Dejo allí a don Gerardo. Alguien que muchos conocen, pero que pocos logran entrar en su corazón. Como esos viejos soldados que prefieren sellar sus recuerdos con el mejor adhesivo y comerse su amargura y sus alegrías, aunque el tragar duela más que apretarse los dedos con una puerta.



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