05/08/2001

Hernán Rivera Letelier: "Mi sueño es ganar el Premio Nobel"

Postula al galardón Nacional de Literatura y pronto viajará a Roma a presentar su novela "Los trenes se van al Purgatorio", traducida al italiano

 

Por José Ossandón A.

Herán Rivera es un hombre que se siente pampino y no le teme a los grandes desafíos.

Contracara

Al cumplirse diez años de su muerte, la Municipalidad decide poner el nombre de Hernán Rivera Letelier a una de las calles de la ciudad. ¿Qué prefiere que se instalase allí, la Casa de la Cultura o una casa de remolienda?

Una casa de remolienda. Allí hay más vida.

 

¿Dónde le gustaría ser sepultado: en Talca, Antofagasta o en la pampa?

En un cementerio de la pampa. Allí los muertos son más vivos. La mortaja de sal que cubre los cuerpos, los conserva en apariencia más que a los abuelitos que vienen a alimentar a las palomas en la plaza Colón.

 

Una pesadilla: ¿que alguien le amarre los pies en un ancla en medio del océano o despertar con el Ancla de Oro en su cuello?

El Ancla de Oro.

 

Los gatos de Enrique Lafourcade o el perro que mordió a Gloria Simonetti.

Prefiero al perro, definitivamente.

 

"Fatamorgana de amor con banda de música" o que una "bataclana le dé un beso con olor a lavanda".

Prefiero el beso de la bataclana a un libro.

 

¿"La Alegría ya Viene" o "Piensa Positivo"?

Ningunos de los dos.

 

¿Qué prefiere: sacarse una foto con los abuelitos de la plaza Colón o con los viejos pascueros de Lavín?

Con los abuelitos de la plaza Colón.

 

Toma un sorbo de café y está amargo. ¿Se imaginó un beso con la Margaret Tatcher o con Gladys del Río?

¡Uf!, me imaginé al Volodia Teiltelboim.

 

Una mosca cae a su sopa. ¿A quién se parece el insecto: a Michael Towley o a Osvaldo Romo?

¡Más respeto con la mosca!

 

El pimpón del escritor

 

Desierto: Conocerse a sí mismo

Chaqueta de cuero: Comodidad

Hijos: Son mi vida

María: Mi esposa. Con otra mujer no sería escritor

Libros: Un universo

Antofagasta: Clima excepcional

Evangélicos: Gente buena tela

Padres: Nostalgia

Vida: Más vida

Muerte: Rabia

Amor: Tranquilidad

Soledad: Desierto

Viaje: Placer

Pedro de Valdivia: Reina Isabel

Fatamorgana: Espejismo del alma

Ni siquiera una adivina -como Zulma- se hubiese imaginado que un hombre de la pampa, que durante años usó la pala como herramienta y que su grado de escolaridad -hasta no hace mucho era similar al de un estudiante de cuarto medio-, de pronto se convertiría en escritor; que formaría parte del selecto grupo de literatos latinoamericanos. Que figuraría en los primeros lugares en los diferentes ranking de revistas especializadas en todo el mundo.

Nadie habría apostado un peso por Hernán Rivera Letelier. Ni siquiera sus más cercanos amigos.

Ese nortino iluso que hablaba de Gabriel García Márquez y de Mario Vargas Llosa, mientras los demás calicheros bebían cervezas y vino para humedecer esas gargantas agrietadas por la tierra seca y el viento caliente del desierto. Ese "paisita" atormentado que recitaba en voz alta sus poesías, mientras sus compañeros, coreaban un bolero alegrón al compás de los pasitos cortos y zigzagueantes de esas mujeres pintarrajeadas y gritonas que llenaban de pecado y lujuria los ranchos de Pedro de Valdivia.

¿Alguien habría apostado ¡diez mil pesos! por el éxito de Rivera Letelier? En este país lo bueno viene con sombrero y corbata. El arte es sinónimo de estatus. Es una posición social. Es pertenecer a la "high society". El autor de "La Reina Isabel cantaba rancheras" rompió, sin duda, con los moldes establecidos.

 

SED DE POETA

Entrevistar a Hernán Rivera Letelier es tan divertido como leer uno de los relatos de "Donde mueren los valientes" (el único libro de cuentos escrito por él y publicado por Editorial Sudamericana). No tiene pelos en la lengua; dice las cosas por su nombre. "Poses de pampino", diría alguno, pero no... sus ansias por comunicar llegan hasta límites insospechados.

 

¿Le gusta que le digan "escritor pampino"?

- Sí y no. Me carga cuando insisten en el concepto, como si hubiese algo de malo en ser del norte; de la pampa. En todo caso estoy orgulloso de ser pampino.

 

Muchas personas se deprimen con el desierto; sin embargo, usted se inspira...

- El desierto es fuente de inspiración por antonomasia. Es una zona que nos obliga a encontrarnos con nosotros mismos. A escucharnos. Recuerda que Cristo antes de evangelizar a su pueblo, se internó en el desierto por varios días. Tengo una teoría. Las personas que se deprimen, que no les gusta el desierto, temen a encontrarse consigo mismas. Prefieren la algarabía. Desentenderse de sus sentimientos.

 

Cuenta la leyenda que un hombre delgado, de mirada dura y piel curtida, bajaba con sus manuscritos de Pedro de Valdivia a Antofagasta para juntarse con un grupo de intelectuales. Con el tiempo le pusieron el "Poeta". ¿Cuánto queda de ese mítico personaje?

- Todo. Sigo siendo el mismo, y de eso te pueden dar fe mis amigos de esa época: Germana Fernández, Sergio Gaytán, María Angélica Lema... Aún mantengo ese rubor cuando muestro mis escritos. Incluso, ahora es mucho más evidente. Hoy prácticamente no enseño el manuscrito antes de publicar.

 

ANCLA DE ORO

Usted y Mario Bahamonde han sido las únicas personas que rechazaron el Ancla de Oro. ¿Por qué lo hizo?

- El Ancla de Oro lo creó un poeta: Manuel Durán Díaz. Se inventó para distinguir a los artistas; a las personas que hacían algo importante por la reivindicación del arte en Antofagasta. Pero resulta que después el Ancla se desvirtuó.

 

En 1993 usted aseguró a la prensa que Hernán Rivera Letelier ganaría el Premio Nacional y el Premio Nobel de Literatura. ¿Cuán lejos está de conseguirlos?

-¿Yo dije eso? (ríe). A ver, creo que todo escritor debe ponerse metas. Un gran sueño es ganar el Premio Nobel, que es la máxima distinción que puede obtener un artista. El que diga lo contrario, es un mentiroso. En todo caso, yo no escribo pensando en eso. Lo hago porque me gusta y porque es lo mío y punto.

 

Sin embargo, hoy es candidato a obtener el Premio Nacional...

- A diferencia del Ancla de Oro, que es una distinción a la persona, el Premio Nacional de Literatura es un homenaje a la obra. Por eso, es un orgullo para mí aspirar a ese galardón. Básicamente porque mis novelas se defendieron solitas... No tuve necesidad de hacer lobby.

 

Al parecer, los escritores Enrique Lafourcade y Jorge Edwards no pueden creer que un pampino sin estudios universitarios haya conquistado, en tan poco tiempo, el mercado literario nacional e internacional...

- Prefiero no hablar de eso.

 

Trabaja en su última novela. Dice que es la última sobre la pampa. ¿Sobrevivirá Hernán Rivera Letelier escribiendo cosas que no tienen nada que ver con el desierto?

- Claro que sobreviviré. Actualmente trabajo, ¡y ojo que ésta es una premisa!, en una historia basada en los años 60. Estoy seguro que me irá bien. El tema es interesante. Circunda en planteamientos filosóficos que cambiaron el rumbo del mundo. "La revolución del pensamiento".

Hernán, como siempre, confía en su mente creadora y en su capacidad innata de contar cosas. Pronto viajará a España (allí ganó un premio de novela). Luego se desplazará hasta Roma; en ese lugar presentará su novela "Los trenes se van al Purgatorio", traducida al italiano. Muchas actividades para un hombre destinado a gozar de las cosas feas y bellas que da la vida; un nortino que cambió la dureza de la pala por la fuerza del lenguaje... de la palabra.



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