08/01/2001
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El cambio de estación |
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Los últimos días del año y las fiestas servían para ubicarse en el tiempo, siempre igual, siempre con sol y todas las noches frías, tierra por todos lados poco o nada que hacer aparte del trabajo y los juegos que venían con los gringos. De los partidos entre secciones de la empresa no se escapaba nadie durante el año, pero la Navidad y el Año Nuevo, eran la pausa en que, por lo menos entre los preparativos -encargados a diferentes grupos cada vez- había tiempo de reflexionar. El sol quemaba y una o dos veces por día corría algo de viento que llenaba todo, tierra dentro de los bototos, tierra el trabajo, ni siquiera un momento... Las noches menos heladas aseguraban más descanso, durmiendo abrigados era m s fácil levantarse o menos difícil. Da lo mismo, no le den m s vueltas -hay que inventar algo- los jóvenes podían dormir menos pero siempre eran mayoría los viejos, hasta tarde, hasta olvidar el hastío disimulado, el mismo del cansancio. Las piscinas, como todo en la pampa salitrera, tenían propios bañistas, los gringos, empleados y obreros, tres piscinas tres mundos acuáticos que volvían a todos a la misma categoría, el calor no perdonaba, incluso m s duro con los claros de piel. "No puede ser", alegaban los nuevos. "Acostúmbrate cabrito". "Estay" recién llegado y todavía no ves nada. "¿Qué‚ voy a ver? Trabajo y soy solo, as¡ qué me puedo dar el gusto, no es mi último lugar, ese es el cementerio y vivito me puedo mover". La tarde, fresca el agua, grados menos. Uno, dos piqueros. El agua todavía caliente, de hecho no se enfriaba en toda la noche -ni en todo el verano- pero al salir el frío era salvaje, el cambio de temperatura, resfrío, dolores de huesos y el mismo trabajo. El agua de los estanques era del río, salada como de mar. El verano no era tanto mejor que las otras estaciones, el año era una verdadera estación doble, verano de día sin luz, invierno... Más caluroso que cualquiera de los conocidos y sin arrancar, no por falta de tiempo, tampoco espacio, porque era lo que sobraba, fichas, alimentos, trabajo, ahora agua todo a destajo, como harto pan y harto circo, siempre era en demasía pero el trabajo también. Algunos no se metían, no nadaban, los cansaba mucho. Era bañarse en té. No importaba y no era verano, todo el año igual, las estaciones, el descanso, muchas fichas, todo era una ilusión, como un espejismo, la salitrera no era nada, s¡ era mucho y poco. Todo en exceso dado para aturdir, para obligar al olvido todo lo daban allí. Las fichas, el trabajo, las fiestas, el deporte, todo lo compraba el caliche, el cine, bailes y orquestas, hasta el verano lo daban, ponían agua a calentar en estanques de fierro remachado. Estaban todos contentos, era verano lo anunció la fiesta de los regalos y la semana siguiente la de los abrazos, otra vez, era todo igual.
Jorge Vera Y ¤ez |
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