| Usted está en : Portada : Editorial | Lunes 15 de enero de 2007 |
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Cuando se habla de una muerte violenta, no podemos dejar de experimentar un fuerte escalofrío y pensar en lo terriblemente poco que nos separa de la vida eterna, pero cuando se trata del suicidio de una pequeña de apenas siete años de edad, seguramente, no tendremos ninguna explicación lógica para analizar los hechos. Tampoco podremos consolar a sus padres que, obviamente, están viviendo una horrible pesadilla que no se explican, ni tampoco sus familiares más cercanos o sus amiguitos del barrio. Muchas veces, la comunidad trata de explicarse la terrible determinación de alguien de querer quitarse la vida llevado por problemas sentimentales, por cesantía de largo tiempo, por enormes deudas, por competitividad laboral, por soledad sin remedio. Muchos de ellos, son males de difícil solución o túneles sin luz al final de ellos. Pero una hermosa niña de 7 años no puede tener estos angustiantes problemas y, obviamente, debe estar ajena a preocupaciones de este estilo. Al parecer, la causa fue que la madre no le dio permiso para andar en bicicleta, y porque para ella era muy tarde en la noche en la Población Los Arenales. La reacción de la pequeña fue drástica y dura, un castigo de por vida para los padres, sus familiares, amigos y vecinos. ¿Que nos está pasando en Antofagasta, incluyendo a los niños más pequeños? ¿Es normal que una niñita de siete años reaccione de esa manera y se quite la vida por una lógica negación de permiso de la madre?. Recién van unos pocos días del presente año y, a estas alturas, cuatro personas han optado por quitarse la vida, sumándose a una veintena que ya lo hicieron el año pasado. No es posible que queramos tan poco la vida y que por cualquier razón optemos por la cultura de la muerte. Si ahora comenzamos por los niños que atentan contra su vida, algo tiene que andar mal y debemos preocuparnos. El Gobierno regional junto con una campaña organizada por El Mercurio de Antofagasta en su centenario, presentaron todo un esquema y esfuerzos comunes para tratar de evitar un mayor número de suicidios, pero, al parecer, dichos esfuerzos deberán sufrir un apuro. Las cifras de suicidios en la región, en este año, así lo aconsejan. Sabemos que es difícil detectar a quienes tienen instintos de autodestrucción, pero podemos ayudar a aquellos que tienen continuas depresiones, a los que confiesan hidalgamente que nada vale la pena o que un antiguo amor los traicionó o que la vida es una inmensa carga, que cuesta arrastrarla. Si todos ponemos un granito de arena, podremos contribuir a salvar vidas y no dejarlos a la deriva. Estamos cierto que, en casos como el de la pequeña, poco podremos aportar por su inesperada acción, por su brutal reacción ante la reprimenda maternal, pero podemos ayudar mucho al que se siente solo, desvalido y llevado por una poderosa corriente que lo arrastra por la vida, sin auxilio y sin sentir la menor solidaridad. Desde esta tribuna queremos hacer llegar nuestras más sinceras condolencias a los padres de la niña y que Dios les otorgue consuelo en su inmensa pena que, creemos, llevarán para siempre en sus corazones. Son actos que no tienen explicaciones lógicas, de los cuales hay que preocuparse para que no sigan ocurriendo en Antofagasta. |